La verdadera felicidad solo se revela cuando dejas de mirarte a ti mismo y empiezas a ver al otro. Cuando el centro deja de ser uno mismo y pasa a ser aquel que está frente a ti. Es servir, es entregarse.
Del 16 al 27 de marzo viví eso de cerca. Fui parte de un equipo de once personas de Misiones Ecuador que estuvo en el recinto de El Rosario, en la Diócesis de Daule. Durante esos días visitamos familias en sus hogares, tuvimos catequesis con los niños y construimos juntos una gruta en honor a Nuestra Señora del Rosario: un espacio de oración que quedó en el corazón del recinto como fruto de esa misión.
Eso fue lo que viví en Misiones Ecuador. Una experiencia maravillosa de ponerse en el campo, de salir de la teoría y entrar de verdad en la vida de cada persona que Dios pone en tu camino. La rutina era simple: misa por la mañana, un tiempo de oración, y luego el día entero dedicado a la comunidad. Pero detrás de esa sencillez, todo se resume a una sola cosa: personas.
Es maravilloso estar con el equipo, con los misioneros que comparten ese propósito contigo. Y es aún más hermoso estar con la comunidad de El Rosario, entrando en cada casa, sentándose con cada familia. Son las sonrisas, son los rostros, los que en verdad hacen que la vida valga la pena.
“Lo importante es vivir para el otro, y no solo para uno mismo.”
Porque al final, eso es lo que queda. No la obra, no lo que construimos con las manos, sino el rostro de quien recibió la visita, la sonrisa de quien se sintió visto. Y la certeza de que lo importante es vivir para el otro, y no solo para uno mismo.