María José llegó a Cañaribamba con su maleta llena de medicinas y una lista de pendientes. Volvió a Guayaquil con la certeza de que la que necesitaba ser atendida era ella.
Soy médica general y llevo seis años trabajando en consulta externa. Me anoté en la misión de Cañaribamba por una razón bastante práctica: tenía vacaciones acumuladas y me parecía mejor usarlas en algo útil que en la playa. Escribí eso mismo en el formulario de voluntarios. Nadie me corrigió.
El primer día atendí a treinta y un pacientes. Al principio funcioné como funciono siempre: preguntar, auscultar, escribir, entregar, siguiente. A media mañana entró una señora de unos sesenta años con dolor de rodilla. Le expliqué el tratamiento, le di el frasco y le dije que podía pasar. No se movió. Se quedó sentada, me miró y me preguntó de dónde era yo.
“No me estaba pidiendo más medicina. Me estaba pidiendo cinco minutos.”
Conversamos diez minutos. Me contó de sus hijos en Cuenca, del marido que murió hace cuatro años, de la huerta que ya no puede atender por la rodilla. Cuando se fue me di cuenta de que en seis años de consulta externa nunca había tenido esa conversación con nadie. No porque no quisiera: porque el sistema no la permite. Doce minutos por paciente.
Los tres días siguientes trabajé distinto. Seguí atendiendo, seguí entregando medicinas, seguí derivando los casos que no podía resolver. Pero dejé de apurar. Y descubrí algo incómodo: la mayoría de la gente que llegaba no tenía una enfermedad grave. Tenía soledad, cansancio, miedo, y un cuerpo que cargaba todo eso.
La última noche, en la capilla, el sacerdote dijo que la misión no consiste en llevarle algo a alguien, sino en encontrarse. Yo pensé que era una frase bonita para cerrar. Ahora creo que era una descripción bastante exacta de lo que me pasó. Vine a curar rodillas. Me fui con la sospecha de que llevaba años ejerciendo mi profesión a medias.
Vuelvo en marzo.