No hubo discursos. Hubo arroz, aceite, juguetes y una misa de Nochebuena en una capilla que no alcanzaba para todos los que quisieron entrar.
La campaña se armó en tres semanas. Se pidió por redes lo básico: arroz, azúcar, aceite, atún, fideo, panela, leche en polvo. Llegó eso y bastante más. Un socio donó ciento veinte fundas de plástico grueso; otro, el transporte. Los juguetes se juntaron en una sola tarde en un colegio de Guayaquil.
El armado de las canastas se hizo el 20 de diciembre en el patio de una casa parroquial. Veintiséis voluntarios, tres horas, una fila de mesas y una lista de familias hecha en conjunto con la directiva del recinto. La lista importa: se armó preguntando, no suponiendo.
Al día siguiente salieron dos camionetas hacia Aguas Verdes y San Cristóbal. La entrega no se montó como un acto público con autoridades y fotos. Se hizo casa por casa, tocando la puerta, entrando a saludar.
“Lo que agradecen no es la funda. Es que alguien se acordó del nombre de sus hijos.”
Los juguetes se entregaron aparte, en la cancha, con los niños presentes. No hubo sorteo ni cola: cada niño recibió el suyo. Los voluntarios se quedaron a jugar un partido que terminó cuando ya no se veía la pelota.
La misa de Nochebuena fue a las siete. La capilla de Aguas Verdes tiene capacidad para unas cincuenta personas; entraron muchas más y el resto siguió desde afuera. Al final, en vez del villancico previsto, alguien empezó a cantar otro y todos lo siguieron.
Las canastas se acaban en una semana o dos. Eso lo sabemos. Por eso la campaña navideña no es un programa aparte: es una parada más del acompañamiento a estos recintos, que sigue en enero, en marzo y en la temporada de lluvias.