Lo que empezó como el pedido de un catequista terminó en catorce días de trabajo compartido entre misioneros y vecinos de El Laurel. Hoy la comunidad ya no camina una hora para llegar a misa.
Don Segundo Chalén es catequista en El Laurel desde 1998. Durante veintisiete años preparó a los niños para la primera comunión en el corredor de su casa, con sillas plásticas prestadas y un pizarrón apoyado contra la pared. Cuando había misa, la comunidad caminaba una hora hasta la cabecera parroquial. En invierno, con el camino hecho lodo, muchos simplemente no iban.
El pedido llegó por escrito, en una hoja de cuaderno: una capilla. No un templo, aclaraba la carta. Un techo, cuatro paredes y un lugar donde poner el sagrario.
La obra empezó en septiembre. Llegaron cuarenta y dos voluntarios en tres tandas: jóvenes de Guayaquil, dos familias completas y un grupo de universitarios extranjeros. Pero el número engaña, porque los que más trabajaron fueron los del recinto. Los hombres de El Laurel salían del arrozal a las cuatro de la tarde y se iban directo a la obra. Las mujeres organizaron la comida de los catorce días sin que nadie se lo pidiera.
“Ustedes trajeron el cemento. La capilla la levantamos entre todos.”
Se fundieron los plintos, se levantaron las paredes de bloque, se armó la estructura del techo y se instalaron las cubiertas. El piso quedó en contrapiso pulido. Hay ocho bancas, hechas por un carpintero del recinto con madera donada por una piladora de la zona.
La misa de bendición fue el domingo 5 de octubre. Vinieron el párroco, ciento y algo de personas, y la banda de un colegio vecino. Don Segundo leyó la primera lectura. Se equivocó dos veces y nadie le dijo nada.
Falta el enlucido exterior, falta pintar y falta la puerta definitiva. Ninguna de esas cosas impide que se rece adentro, que era el punto.